Con
profundo desagrado enchufo la plancha, quería ponerse la camisa blanca de
algodón, la bordada, inevitablemente debía sacarle las arrugas.
Armo la
tabla y se sentó en la cama. Era casi un ritual que repetía en las
escasísimas ocasiones en que planchaba. Lo obviaba lo más posible, pero
cuando lo hacía le dedica todo su esmero.
Mientras
esperaba que se apagara la luz roja, no pudo evitar que los recuerdos
comenzaran a arremolinarse. Habían
sido meses juntando información, la internet fue de gran utilidad, sin ella
hubiera más difícil, no imposible, se sabía obsesiva y hubiera encontrado algún método para lograrlo. Con las que
pudo, fueron varias, se contactó telefónicamente, con otras
por facebook y finalmente armaron un grupo cerrado para que
expresaran sus opiniones y todas estuvieran en conocimiento
de lo que comentaban.
Cuando
comenzó a saber, el enojo inicial la desbordo, pero reflexionó y
entendió que la única forma posible de seguir teniendo datos era continuar en
contacto. Sus conversaciones eran esporádicas, hablaban del país, de
música, pintura, literatura, ignorando todo lo personal.
La
vaporizó con perfumina para humedecerla y con
dedicación deslizo la plancha primero en cada uno de los bordados,
luego las mangas y por ultimo los ojales y el cuello. Cuando estuvo
satisfecha del resultado, la colgó en una percha y ésta
en la puerta del placard.
Saco
el jean que había comprado el lunes, pantimedias, botas y un abrigo
grueso, el invierno recién comenzado se estaba sintiendo con intensidad.
Faltaban
un par de horas, no quería que nada quedara librado al azar, todo debía ser
meticulosamente analizado. Si alguna quería abandonar el plan, este era el momento,
no habría vuelta a atrás
Una ducha
prolongada activó su cuerpo, se seco el cabello dándole forma con el cepillo.
No pudo evitar sonreír al abrir el cajón de la ropa interior, ahora usaba
tanga, se acostumbró y le gustaba.
Se vistió
sin dejar de mirar el reloj, unas gotitas del perfume importado que le regaló su hijo el día de la madre. Maquillaje
suave y los labios rosados.
Como
siempre no encontraba las llaves del auto, cada vez que le pasaba se proponía
una conducta cuidadosa, pero solo le duraba unos días y vuelta al descuido.
Menos mal, estaban en el bolsillo de la campera de lluvia usada el día anterior.
Antes de
sacar el auto mando un mensaje: “Salgo”, quedo en pasarla a buscar.
Mientras cruzaba la ciudad pensaba si había sido buena idea, si cada una
llegaba sola era prueba de aceptación a la reunión.
No
había demasiado transito, llegaron rápido a la autopista. Durante los treinta
minutos del viaje, hablaron banalidades, no debía tocarse el tema si
no estaban todas presentes, fumaron un cigarrillo, con música de fondo
seguro ninguna de las dos sería capaz de recordar que sonaba